ANDAR comenzó en 2012 sin llamarse todavía ANDAR. Fue una experiencia de recorrido performativo en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, con estudiantes de la maestría en literatura. Con Marti Virgili y Gastón Macieres, bajo el nombre de Orquesta Negra, diseñamos una caminata que era también una escucha, también un ritual de atención al territorio.
En ese momento no sabía que estaba iniciando algo que me acompañaría durante más de una década. Que en 2017 habría 100 bicicletas en Bogotá —Bogo-Bici-Bocinata— haciendo un viaje sonoro por un recorrido preestablecido. Que en 2025 volvería con Virgili a diseñar otro recorrido, en otro formato. Que en 2026 llevaría ANDAR a Bled, Eslovenia, como parte de una residencia en el New Symposium.
Lo que une todas esas versiones es una pregunta: ¿qué pasa cuando el caminar se convierte en el centro del evento artístico? No el caminar como tránsito hacia un destino, sino el caminar como acto de atención. Como forma de reconocer un territorio. Como gesto de hospitalidad hacia el lugar que nos recibe.
Frédéric Gros escribe que andar ofrece “un santuario para la mente”. John Cage deduce, a partir de Aristóteles, Tomás de Aquino y Ananda Coomaraswamy, que “el arte cambia porque la ciencia cambia”. Las ontologías relacionales de Silvia Rivera Cusicanqui y Arturo Escobar nos recuerdan que la separación del hombre y la naturaleza no es un hecho sino una construcción moderna-colonial.
ANDAR no es un argumento contra esa separación. Es una práctica que propone otra cosa: un mundo donde la proximidad con la naturaleza y todos los seres cohabite al mismo nivel. Un mundo posible, activado cada vez que caminamos juntos con atención.
Guillermo Bocanegra, marzo 2026